LA OLLA VA A ESPLOTAR

Queridos lectores, es un inmenso placer saludarlos y encontrarnos a través del periódico más leído de Barquisimeto: El Mío, que nos brinda esta maravillosa oportunidad. Muy agradecido con las personas que me escriben para felicitarme; bendecirme y comentarme como la columna ha comenzado a mover sus creencias para ayudarlos a ser mejores.
En la mayoría de las familias reina la anarquía, la violencia, el desorden, la apatía, falta de sentido de pertenencia, el irrespeto, la falta de comunicación y la irresponsabilidad familiar. Nos vivimos quejando del país por la negligencia, la apatía, la falta de diálogo, el irrespeto y un largo etcétera, sin reflexionar tan siquiera un momento que esa situación externa es el reflejo de las mayoría de los núcleos familiares. Nos encanta buscar al culpable afuera y no dentro de nosotros.
En el hogar es que se enseñan todos estos valores para cuando los niños y niñas crezcan sean hombres y mujeres de paz. ¿Por qué no ocurre? porque somos demasiados permisivos, sobre todo los cabeza de casa. Confundimos amar con: callar, soportar, ignorar, evitar, permitir ante la mirada de los demás miembros de la familia que se dan cuenta que es una olla de presión en ebullición que cuando estalle serán muchos los lastimados.
Nos cuesta entender que en vez de sentar en la casa a los miembros que están en conflicto, que es algo normal, a dialogar y buscar acuerdos, nos hacemos los locos. Sin darnos cuenta que emitimos un mensaje negativo a los que vienen subiendo.
No vemos que al permitir que uno de los miembros del hogar haga y deshaga a sus anchas, que abuse de todos porque trabaja y no aporta para los gastos de la casa; no colabora en el mantenimiento, entre otros ejemplos, y además se invita a todos los demás a no decir nada para evitar, estás formando en la impunidad. Estás diciendo que lo malo no tiene sanción.
Cuando no enseñas a los niños a pedir permiso, usar las palabras por favor y gracias, estás ayudando a que la grosería y el abuso crezcan en tu casa y en consecuencia en el país.
Cuando a los miembros de una casa no les importa si hay comida; no buscan ayudar a sus propios hijos; no aportan para mejorar la calidad de vida de su familia; viven del trabajo de los demás, no tienen moral ni derecho a hablar de nadie, mucho menos del país porque no están haciendo nada.
Cuando te da miedo decir en tu casa lo que sientes por no decepcionar o por miedo a la reacción de la persona, ¿qué podemos esperar? Violencia, hay un silencio cómplice.
Muchas veces escucho hablar de la unidad familiar y me pregunto: ¿ con qué se come eso? ¿qué llamamos unidad? Porque hasta donde entiendo la unidad es algo compacto, inseparable. En el caso de las familias hay un liderazgo y esa unidad debe traducirse en resolver los problemas de la familia y enfrentar los desafíos. ¿O la unidad es dar dinero cuando hay un muerto? ¿O cuándo se enferma alguien ayudamos en algo? ¿Eso no será solidaridad?
En fin, sólo deseo generar reflexión, no pretendo que estén de acuerdo conmigo. Pero para sanar al país, debemos comenzar por casa y antes con nosotros mismos. Como dice una frase: "Si tú no cambias, nada cambia". El país es el reflejo de cada uno de nosotros. Usa la ley del espejo: "Lo que no me gusta del otro lo tengo yo".
Con esta información y reflexión me despido, muchas gracias por compartirla con los que tú quieres y te quieren, mientras me escribes al 0424-5122058 recuerda: "PIENSA SÓLO LO QUE TÚ QUIERES QUE OCURRA", hasta el próximo viernes.

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